
Y ella se sentaba pensativa
mientras las cristalinas gotas de agua
recorrían suavemente su piel pálida...
Notó el calor subiendo desde el confín de su cuerpo
y llenando cada rincón,
cada pulgada de su ser
hasta hinchar el corazón
con la ardiente pasión
que desataba su violencia carnal...
Y deshecha en fieros besos de calor
se entregaba como una flor
ante las gotas de lluvia dulce,
que la refrescaban y
le daban la vida...
Y entonces mil truenos sonaron al unísono,
su desenfreno se hizo huracán
... y volvió a la paz del despertar,
a la paz y al desencanto,
pero también a la tranquilidad.
Irene.Ibáñez.Campillo.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada