
No entiendo cómo no me he dado cuenta antes, ante tantas presiones que he soportado y tantas presiones que he visto a quienes me rodean. Siempre nos piden algo ¡ya!, de inmediato, con un plazo de entrega y es que nuestras propias vidas parecen tener un plazo de entrega. No sólo el tema del trabajo se ve condicionado por esta variable, sino que nosotros mismos, al ser conscientes de nuestra caducidad, tenemos que ponernos tiempo para todo. A los 23 quiero haber terminado una carrera. A los 30 tengo que tener ya una relación estable, sólida, casada incluso ( y desgraciadamente, estos datos varían según el sexo), a los 40 haber tenido 1 o 2 hijos y la vida resuelta, a los 60 jubilarme e irme a una casita en el campo y ponerme a construir muebles o escribir un libro... pero ¿por qué? Para resolver esto debemos preguntarnos por la misma concepción del tiempo. Increíblemente éste es diferente según donde nos encontremos, por ejemplo, una vez leí en una novela (Ébano, de Ryszard Kapuściński) que en una zona de África el tiempo no es infinito y constante como así entendemos en nuestro mundo, sino que es la medida para contar la duración de las cosas que ocurren. Mientras nada pasa, no transcurre el tiempo. Podemos compararlo algo así como un cronómetro siempre vigilante a cualquier cambio que haya en el mundo. Creo, poniéndome en la piel de un europeo (algo muy dificil pues soy una de ellos) es un concepto casi imposible de entender en nuestras vidas. Mientras que el tiempo les sirve a ellos, nosotros servimos el tiempo, y aunque nuestro tiempo es infinito, nuestro "tiempo" siempre se está acabando...
Irene. Ibáñez. Campillo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario