
A veces, cuando eliges una película, puede que ésta sea, sin que tú lo sepas, la película que más encaja con el momento de tu vida por el que estás pasando en ese mismo instante.
Vuelvo a reflexionar sobre el amor y las relaciones sentimentales y qué vínculo tienen con las relaciones físicas. Estamos en un momento en el que el mundo está dejando atrás el antiguo y verdadero romanticismo, disfrazando esa pérdida con cenas a la luz de las velas y ramos de rosas. Pero eso no es más que un pequeño resquicio de lo que fue una de las mayores creaciones del ser humano. ¿Acaso intentamos coleccionar parejas, aunque sean de una noche, como una simple protección de nuestros miedos a arriesgarlo todo a una carta? ¿Tenemos, aunque no lo hayamos experimentado nunca, miedo a que nos rompan el corazón? ¿Somos entonces, los que rechazamos- y cada vez somos más- el romanticismo unos cobardes que intentan alejar aquello que nos humaniza? Y por ese miedo, ¿es el romanticismo una especie en extinción?
El romanticismo es sin duda una gran intriga, pues aunque me considero una materialista, empirista y racionalista, que mira el amor como una fiesta privada de hormonas selectas, me pregunto si acaso dejarnos llevar por esos sentimientos no nos hace más humanos al ser sólo nosotros los que podemos tenerlos. O ¿acaso el amor es sólo un engaño, una farsa? ¿Existe o nuestro propio cuerpo nos miente?
El sexo es, sin duda, un instinto animal y necesario, como lo es beber agua, pero el amor está a un nivel distinto. Mientras que el sexo, de manera exclusiva, puede ser satisfactorio, el amor es sin duda excelente. Pero como pasión que es, es un riesgo. Cuando hacemos una apuesta tan alta con los sentimientos, nos balanceamos sobre una cuerda floja que se deshilacha a cada segundo y en donde, en vez de una red de seguridad, hay un lago lleno de cocodrilos.
¿Entonces, por qué queremos, todos y cada uno de nosotros, al menos una vez en la vida, dejar de pensar exclusivamente en el placer físico para adentrarnos en el sentimental? ¿Somos adictos a nuestras propias hormonas, “hormoadictos”? Eso puede ocurrir con la adrenalina, ¿por qué va a ser distinto con lo que nos produce el amor? Comenzamos soñando con nuestro primer amor, y “boom”, ahí comienza nuestro enganche hormonal. Y no queremos, aunque nos duela y llegue a matarnos, dejarlo.
El romanticismo es, sin intentar llevarlo a un lado racional, el movimiento al que se apuntan los grandes amantes sin cuestionarse cómo funciona o si tiene algún sentido. El amor siempre ha ocupado espacio en las reflexiones de todos nuestros artistas. Los poetas han escrito cientos de miles de páginas sobre el amor, Romeo y Julieta salen de una de las grandes obras de teatro, el cine pone cara y voz a todos aquellos amantes fugitivos … ¿En qué nivel está el amor para el ser humano? Y, ¿es para todos igual de importante?... El amor… ¿resulta un buen motivo al que dedicar nuestra vida, como decía Don Juan? Y estas preguntas, quién debe contestarlas, ¿alguien que aún no lo ha probado realmente o quien está “borracho de amor”?
Sigo meditando en esto en este momento de mi vida en el que la filosofía en la que me escudé parece resquebrajarse. El sexo es sólo una parte, una necesidad fisiológica más. El amor, es la droga de nuestro cerebro y de nuestro corazón. Nos embriaga de manera muy exclusiva. Es muy elitista. Incluso Don Juan, que “amaba” a todas las mujeres, realmente solo amaba a una de ellas.
La película de la que hablaba -y os recomiendo- al principio de este artícula, la que ha conseguido darme un paso más en estas reflexiones es el film DON JUAN DE MARCO, dirigido y escrito por Jeremy Feyen, protagonizada por Marlon Brando y Jhonny Deep en 1994. Producción de F.F. Coppola. Es una historia que reflexiona acerca del amor en una sociedad que dejó atrás el verdadero romanticismo.
¿Qué puedes pensar cuando el verdadero Don Juan llega hasta tí?
Es simplemente magestuosa
"You need me, for the transfusion, it's only in my world that you can breathe".
Gracias Don Juan.
Irene.Ibáñez.Campillo.

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