jueves, 23 de julio de 2009

Nuestros Dos Mundos


Para sumirme en el arte, para ser capaz de escribir, de sentir, necesito trasladar mi yo a un estado mucho más inmaterial donde mis instintos más animales hayan sido alejados.

Acercarme a mi lado más humano. Cruzar esa frontera es delicado, el mundo de los sentimientos te deja expuesta a los golpes de las reflexionas sin ningún tipo de coraza. Dejas tu mente más expuesta, más receptiva, pero también más vulnerable.

Un riesgo que se debe asumir. Que te hace pertenecer a un grupo…bohemio. Desintoxicarse de vez en cuando es, posiblemente, necesario. Pertenecer constantemente en nuestro mundo más inmaterial puede llevarnos a la autodestrucción.
Como todo, se necesita un término medio.

Ese segundo mundo nos lleva a evolucionar como personas, pero en extremo, puede llevarnos a la automarginación, a la depresión y de ahí, a nuestro final.

Me he dado cuenta por mis continuos cambios de mundo. Hay un grupo de gente que se limita a ver desde fuera las experiencias de los que se atreven a adentrarse en ese bosque de pensamientos, otros son tan adictos al segundo mundo que ya perdieron de vista la frontera y se ven incapaces de volver a cruzarla con la frecuencia necesaria. Un tercer grupo, en el que ojala perteneciera la mayoría de la gente, cambia de mundo una y otra vez. Son viajeros entre el mundo de las ideas y el mundo material a los que Platón hacía referencia.

IRENE IBÁÑEZ CAMPILLO.

lunes, 20 de julio de 2009

EL SISTEMA PERFECTO


-LA (IM)PERFECCIÓN ESTÁ DENTRO DE LO PERFECTO-

El agua es tan perfecta que en cuanto hay un elemento extraño a ella rompe su perfección. Nada que le añadas o le quites le hace mejorar. No puede ser mejor.

Pensamos que existen cosas en nuestras vidas que pueden llegar a ser perfectas. Yo diverjo. Pienso que eso no es cierto, que es un simple cuento que nos creamos para poder ilusionarnos con algo sin desalentarnos antes de empezar. Creo que lo más perfecto que hay en el mundo es la Naturaleza. Vivimos en ella, sobrevivimos de ella pero ella es la que rige todas las normas por las que se comportan los seres vivos y los no vivos. Una especie de gran tablero de parchís donde somos piezas, nada más. No pretendo construir ningún dios, como si hubiese jugadores en ese juego. Pero sí hay normas. Las matemáticas, la química y la física son los idiomas en los que se traduce todo el sistema de organización del universo. Y aunque eso nos parezca alejado, frío, técnico y demasiado reglado para poder expresar las sensaciones tan pasionales que nos hacen actuar, cada día más científicos descubren algo nuevo que nos confirma, aunque duela, que somos sólo una parte más de ese gigantesco sistema. Por muy únicos que nos sintamos, somos una hormiga más dentro del gran hormiguero que es el universo.

Muchas veces, la mayoría de hecho, me he encontrado con gente que disiente de mi forma de ver, de pensar. Me miran con cara de perro verde cuando les expongo mi teoría. Me hace gracia, supongo que así se siente uno cuando cuenta algo que no es compartido por la gran mayoría. Por un lado, creo que todo es ciencia. Todo está dentro de ese gran sistema del que he hablado. Antiguamente –y actualmente, aunque menos- cuando ocurría algún fenómeno extraño se achacaban a fenómenos mágicos o divinos. Podría entretenerme durante horas explicando los prodigios en Roma o cómo funciona el sistema de creencia de los aborígenes australianos, pero todos conocemos cómo eran más o menos explicados los extraños sucesos en aquellos lejanos tiempos. Sin embargo, en el siglo en el que nos encontramos, vemos que todas aquellas inexplicables situaciones tienen… explicación a través de algún sistema científico. ¿Por qué pensar que lo que aún falta por descubrir de tan hercúleo universo… no tiene también una solución lógica?

Una vez me di cuenta que quizá una parte de mí no quiso continuar su aprendizaje de las ciencias porque ver lo que aún quedaba por formular, comprender y razonar, podía llevarme a decaer en mis ideales. Sentirme aún más pequeña. Mientras que hay científicos, como médicos que fuman aunque receten dejar el tabaco, que no creen que todo sea ciencia. Curioso como cada uno cree al fin y al cabo en lo que no ve. A mi me llaman cuenta-cuantos cuando al fin y al cabo, soy una materialista, empirista y racionalista.

Podemos decir que pretendo hacer renacer o propagar los antiguos conceptos pitagóricos. Más allá de sus creencias, que las mantuvieron, o sus divergencias políticas con el sistema establecido en Grecia o su modo de impartir justicia (quien soltaba el secreto era expulsado e incluso muerto)… su modo de ver la vida y de comprobar que era un gran orden matemático. Una plantilla donde todo encajaba.

IRENE IBÁÑEZ CAMPILLO.

jueves, 16 de julio de 2009

La mujer que tiró al príncipe azul a la basura.


El príncipe azul... ¿se fue?


Hace tiempo que pensé que el principe azul dio un portazo al corazón y se largó para no volver. Creo que muchas nos hemos visto en esa situación en el que todo el romanticismo voló con el viento y comenzamos a practicar una filosofía hedonista en nuestra vida. Arrugamos la foto de nuestro querido encantador y haciendo una bolita de papel la arrojamos al vacío. Pensamos no volver a necesitar besar aquella celulosa de nuevo, a suspirar cada vez que vemos esos perfectos iris que nos miran, a llorar otra vez por el mismo motivo. Hay un momento en el que las mujeres, decepcionadas con la falsedad del cuento que nos han contado toda nuestra vida, arrancamos cada página de aquellas historias con finales felices. Decidimos no volver a llorar por un hombre. A congelar nuestro corazón y a detenernos sólo a disfrutar... ¡qué para eso está la vida! Pero puede que en alguna ocasión, por un reencuentro crucial en la calle de la más poblada ciudad, o limpiando antiguos cajones ya olvidados, sacando objetos del baúl de los recuerdos de Karina... nos damos cuenta que un corazón de frágil hielo es más fácil de romper que uno de puro fuego.


Dicen que el tiempo pasa, que no hay marcha atrás. Que se va sin avisar, que ya no hay vuelta de hoja, que se hace tarde. Que el reloj de nuestra vida comienza a sonar cada vez con más dificultad, que debimos coger las cosas a tiempo... pero ¿cuándo están marcados los límites, o las oportunidades en el amor?


Dicen que la esperanza es lo último que se pierde...
... Yo pensé que la había perdido hace ya varios años y sin embargo, volviendo a recordar los viejos tiempos comienzo a añorar aquella etapa de la vida (aquella a la que llaman rosa pero que realmente está teñida de miles de distintos colores) en la que la ilusión colmaba cada momento y mi corazón latía con cada recuerdo de un amor. Aqulla etapa donde un beso podía decirlo todo y no se había convertido en una moneda de cambio. Y lo añoro... y resurge de nuevo una llama dentro de mi que me dice que la esperanza se ha empequeñecido pero que no ha suspirado aún, que sus llamas continúan en el interior del corazón.
Quizá el principe azul se fue, pero ver su foto renueva las esperanzas. Quizá el príncipe azul no vuelva, pero es su recuerdo el que nos hace volver a intentarlo. Quizá ese sea el papel del príncipe azul. Del primer amor. No ser perfecto y eterno como en los cuentos de hadas, sino recordarnos que nunca podemos darnos por vencidos en la batalla del amor.



IRENE IBÁÑEZ CAMPILLO.
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